Microplásticos en el cuerpo: qué sabemos y qué sigue sin respuesta

Microplásticos en el cuerpo: qué sabemos y qué sigue sin respuesta

Foto: Magnific

Respirar, beber agua o calentar comida puede bastar para entrar en contacto con partículas de plástico demasiado pequeñas para verlas. Parte de esos fragmentos abandona el organismo, pero otros pueden atravesar barreras biológicas y llegar a tejidos que hasta hace poco parecían fuera de su alcance.

 

Los microplásticos ya fueron detectados en distintas partes del cuerpo humano, incluido el cerebro. El hallazgo, sin embargo, no resuelve la pregunta más inquietante: qué ocurre una vez que esas partículas llegan allí. La ciencia puede seguir parte de su recorrido, observar cómo interactúan con células y registrar su presencia en determinados tejidos, pero todavía no sabe con certeza cuánto tiempo permanecen ni qué consecuencias tienen para la salud.

 

El tamaño parece ser una de las claves. Las partículas más grandes suelen permanecer en el tracto digestivo y eliminarse de manera natural. "Se expulsan a través de las heces", explica Sadeer Al-Kindi, cardiólogo del Hospital Houston Methodist. Sin embargo, los fragmentos mucho más pequeños pueden comportarse de otra manera.

 

El plástico se vuelve casi invisible

 

Los nanoplásticos son fragmentos tan pequeños que pueden atravesar algunas barreras biológicas. Investigaciones citadas por Al-Kindi y compartidas con NotiPress muestran cómo partículas inferiores a aproximadamente 20 micrómetros pueden tener mayor capacidad para interactuar con las células.

 

"Las partículas más pequeñas, especialmente los nanoplásticos, generan más preocupación porque pueden atravesar barreras biológicas, interactuar con las células y potencialmente distribuirse a diferentes órganos a través del torrente sanguíneo o del sistema linfático", señala el especialista.

 

Una vez en determinados tejidos, el sistema inmunológico puede reaccionar de distintas maneras frente a estos elementos extraños. Entre los mecanismos que se investigan aparecen la inflamación, el estrés oxidativo y las respuestas celulares al estrés.

 

Las dudas centrales pasan por cuestiones todavía abiertas:

 

  • Cuánto tiempo permanecen las partículas en cada órgano.
  • Qué tamaños o formas podrían resultar más relevantes.
  • Qué cantidad de exposición podría generar efectos medibles.
  • Si las posibles consecuencias dependen del plástico o de sustancias asociadas a él.

 

Advertencia: no entrar en pánico

 

La falta de respuestas definitivas no significa que sea necesario eliminar todo el plástico de la vida diaria. Para Sadeer Al-Kindi, la estrategia pasa por reducir aquellas exposiciones que pueden evitarse con cambios simples, sobre todo cuando el plástico entra en contacto con alimentos calientes.

 

Algunas medidas posibles son:

 

  • usar recipientes de vidrio, cerámica o acero inoxidable para alimentos y bebidas calientes;
  • evitar calentar comida en recipientes de plástico dentro del microondas;
  • reemplazar envases rayados, deformados o deteriorados;
  • pasar la comida para llevar a otro recipiente antes de calentarla;
  • preferir botellas reutilizables de acero inoxidable;
  • lavar prendas sintéticas con agua fría y, cuando sea posible, utilizar sistemas que capturen microfibras.

 

La recomendación no parte de una certeza sobre cuánto daño provocan los microplásticos, sino de la posibilidad de disminuir exposiciones evitables mientras la investigación continúa avanzando.

 

Mientras tanto, la brecha entre detectar una partícula y conocer sus consecuencias sigue siendo amplia. Para cerrarla harán falta investigaciones capaces de seguir durante años la exposición y la salud de las personas. Hoy, incluso una de las preguntas más básicas continúa abierta: ¿Qué efectos tienen los microplásticos en la salud humana una vez que llegan a los tejidos y órganos?

 

"Todavía no contamos con datos sólidos en humanos para responder estas preguntas", reconoce el especialista.

 

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