Comunicar una auténtica cultura de la paz no es una consigna menor: es un llamado urgente frente a un tiempo marcado por la violencia, la polarización y la pérdida de sentido.
En ese marco cobra especial relevancia el mensaje que Monseñor Víctor Sánchez Espinosa dirigió a los jóvenes al final de la Santa Misa celebrada con motivo de los 50 años de su Ordenación Sacerdotal.
Además de reconocer el esfuerzo de quienes luchan por sacar adelante a sus familias y permanecen fieles a la fe en medio de las dificultades, recordó en la celebración de su Jubileo que es precisamente en la familia donde nacen las vocaciones: un sacerdote, un obispo, una vida entregada al servicio.
El diagnóstico que planteó fue claro: nuestro mundo está herido por la violencia, la polarización, el relativismo y las ideologías que atentan contra la dignidad humana. Sin embargo, su mensaje no se quedó en la denuncia; también fue una invitación a la esperanza, al recordar que el mal no tiene la última palabra.
A los jóvenes les habló con firmeza y cercanía: les pidió no entregar su vida a proyectos mezquinos ni a placeres pasajeros, y no dejar que las nuevas tecnologías, el ruido constante y la superficialidad de nuestro tiempo les arrebaten la capacidad de escuchar la voz de Dios. Su exhortación fue directa: apostar por los bienes verdaderos, porque solo Cristo puede dar sentido pleno a la existencia humana.
En una época en la que muchos jóvenes parecen más absorbidos por lo que ocurre en las redes sociales que por su propia realidad, este llamado pastoral adquiere una importancia singular. No se trata solo de una advertencia, sino de una propuesta de vida con sentido, profundidad y esperanza.
Ese llamado fue constante tanto en el mensaje final de la Misa como en la convivencia posterior con empresarios, amigos y medios de comunicación: trabajar por la unidad, reconstruir el tejido social a través del diálogo y la reconciliación, y comunicar una auténtica cultura de la paz.
También hubo un mensaje contundente para los medios de comunicación: no son dueños de la verdad, sino servidores de ella al poner claridad sobre la realidad. En tiempos en que el alcance y el rating parecen imponer la lógica del mercado, la advertencia es oportuna: no se puede alimentar el morbo, el amarillismo ni una cultura que degrade la dignidad humana. Comunicar con verdad también es construir paz.
Y esta columna pretende eso, construir y aportar desde lo positivo, desde lo bueno, desde lo diferente.
Gracias a mi amiga Angélica Rosales y a Imagen Poblana por darme la oportunidad de retomar lo que tanto me apasiona: escribir.