El caso de Jeetu Munda, un hombre de una comunidad tribal en Odisha, India, ha generado indignación internacional al evidenciar los límites de la burocracia financiera, al desenterrar el esqueleto de su hermana fallecida y llevarlo a un banco para probar su muerte y poder retirar sus ahorros.
De acuerdo con su testimonio, pese a haber notificado el fallecimiento, la institución bancaria exigía la presencia de la titular o un acta de defunción que no pudo obtener fácilmente. “Cavé la tumba y saqué su esqueleto como prueba”, relató. El hecho derivó en intervención policial y abrió el debate sobre la rigidez de los procesos administrativos ante situaciones humanas extremas.
Un hombre en la India exhumó los restos de su hermana, fallecida en enero de 2026, para demostrar su muerte, pues el banco exigía la presencia física de la titular para retirar 211 dólares de la cuenta de ahorros. pic.twitter.com/N8U6MmAELT
— Imagen Poblana (@ImagenPoblana) April 28, 2026
Aunque el episodio parece excepcional, en México las familias enfrentan obstáculos similares, aunque menos dramáticos, al intentar acceder a los recursos de un familiar fallecido. Organismos como la CONDUSEF advierten que el proceso puede convertirse en un “calvario” si no se cuenta con previsión legal.
Cuando una persona muere, los bancos en México no reciben una notificación automática del fallecimiento, por ello, corresponde a los familiares informar a la institución mediante la presentación del acta de defunción.
Una vez notificado, el banco bloquea la cuenta para evitar movimientos indebidos, lo que protege los fondos, pero también impide su uso inmediato.
El acceso al dinero depende principalmente de si el titular designó beneficiarios. En el mejor de los casos, cuando hay beneficiarios registrados en el contrato de la cuenta, el trámite es relativamente ágil.
Conforme al artículo 56 de la Ley de Instituciones de Crédito, los bancos deben entregar los recursos a las personas designadas una vez comprobado el fallecimiento. Para ello, se solicitan documentos como acta de defunción e identificación oficial, y el proceso puede resolverse en un plazo aproximado de hasta 13 días hábiles.
Sin embargo, cuando no hay beneficiarios, el panorama cambia drásticamente, los recursos pasan a formar parte de la herencia, lo que obliga a iniciar un juicio sucesorio, ya sea testamentario o intestamentario, ante un juez o notario.
En estos casos, se debe nombrar un albacea que represente a los herederos ante el banco, un proceso que puede extenderse durante meses o incluso años, además de implicar costos legales.
Incluso, si el monto supera los 70,000 pesos, las instituciones financieras suelen exigir este procedimiento formal, independientemente de que haya familiares directos.
Para quienes desconocen si el fallecido tenía cuentas o si fueron designados como beneficiarios, existe la opción de solicitar ante la CONDUSEF la Búsqueda de Beneficiarios de Cuentas de Depósito (BCD), un trámite gratuito cuya respuesta puede tardar hasta 60 días naturales.
Otro factor a considerar es el tiempo, si una cuenta permanece inactiva y sin ser reclamada durante seis años, los recursos pasan a la beneficencia pública, es decir, aunque el dinero no se pierde dentro del sistema financiero, los familiares pierden el derecho a reclamarlo si no actúan oportunamente.
Ante este panorama, especialistas recomiendan medidas preventivas como designar beneficiarios al abrir una cuenta, mantener actualizada esa información y contar con un testamento. En casos de hospitalización, el acceso a los recursos es aún más limitado, pues generalmente requiere un poder notarial o autorización judicial.
El caso ocurrido en India, aunque extremo, expone una problemática global: la falta de mecanismos ágiles y sensibles ante la muerte de una persona. En México, si bien no se llega a situaciones tan dramáticas, la combinación de trámites, requisitos legales y tiempos prolongados puede agravar el impacto económico y emocional de las familias.
La muerte no solo implica duelo, sino también enfrentar una estructura administrativa que, en muchos casos, aún está lejos de responder con rapidez y empatía.